El corazón es el centro y la fuente de nuestra conducta, por ello debe ser lo que mejor guardemos. Guardar algo es poner una cosa en su lugar, donde pertenece, para que no se pierda o para que se conserve en buen estado. Conservar una cosa es retenerla, evitando que desaparezca o que se altere. Dios da instrucciones para guardar nuestro corazón, porque de él mana la vida. De lo que estemos pensando, de eso serán construidos nuestros días, por eso Dios nos pide que lo guardemos en su presencia, que lo guardemos en sus manos, para poder conservarlo en la dimensión espiritual con abundancia y gozo.

Dios conoce la condición y tendencia que adquirió nuestro corazón después de la caída del hombre. Jeremías 17:9 “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”, Dios es quien escudriña el corazón  y prueba nuestros pensamientos, para dar a cada uno de nosotros según nuestro pensar; nos está dando una ley inquebrantable, nos prueba el pensamiento y luego, según eso, nos pagará. Esto es para dar gracias a Dios dando brincos, porque si tenemos esa revelación, lo que pensemos, eso nos alcanzará.

La naturaleza caída del corazón es dura, es un corazón de piedra. El Señor nos dio una palabra la cual nos ilustra cómo debemos manejar esa lucha diaria que nos toca llevar. Éxodo 24:12 “Entonces Jehová dijo a Moisés: Sube a mí al monte, y espera allá, y te daré tablas de piedra, y la ley, y mandamientos que he escrito para enseñarles.” De todos los materiales del mundo, el Señor escogió la piedra porque estaba demostrando allí que esos preceptos iban a tener que ser tallados en los corazones de piedra que los hombres habían adquirido.

El Señor escribió en piedra porque él sabía que contra eso iba a trabajar. Cosa dura es el corazón, por eso Dios anuncia en Ezequiel 11:19“Y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne…” Allí comienza el inicio de nuestra redención; proféticamente ya el Señor había dicho que Él quería un solo corazón que prevaleciera en nosotros, el de carne.

El hombre fluctúa entre los dos corazones, es una lucha que debemos arrancar de nosotros. Empieza en nosotros mismos y luego se manifiesta en la iglesia. Al confesar a Jesús como nuestro Señor y Salvador, nos es dado un nuevo corazón, una nueva visión, aspiraciones distintas, una nueva vida con ese corazón de carne. Si no hemos experimentado eso, es porque nos estamos moviendo en los dos corazones, pero el Señor necesita que prevalezca el que nos dio.

La condición de hombre caído, ese corazón duro, está regido por ese hombre con pensamientos torcidos, ese que juzga, que se crea unos castillos en la cabeza, que critica, etc; todo eso ocupa nuestro corazón si no hemos decidido derrumbar el de piedra y tomar el de carne como nuestra única fuente.

¿Nosotros reconocemos a la otra persona como una obra que Dios está restaurando?, si yo reconozco que la otra persona es una obra que Dios está restaurando, no voy a criticarlo, no voy a hablar mal de ella, porque estoy consciente de que estaría criticando la obra que está haciendo Dios con sus manos. ¿Por qué nos desgastamos criticando lo que Dios está quitando de nuestro corazón? ¿Por qué criticamos? Deberíamos contribuir con el artesano llamado Dios. Hagámosle una atmósfera presta para su construcción en la otra persona, declaremos sobre ella prosperidad, colaboremos con el Señor.