Salmo 126:6 “Lloran al ir sembrando sus semillas, pero regresan cantando cuando traen la cosecha.” El llanto no puede impedir la siembra; hemos de esmerarnos en obrar bien, incluso cuando la estamos pasando mal es el mejor momento para sembrar. El que lleva la semilla ciertamente va caminando y llorando, pero el que trae la cosecha, ciertamente viene con regocijo. Esa semilla que cargamos en nuestras manos, ciertamente traerá regocijo para nosotros y para nuestras generaciones.

Toda siembra trae gozo; no hay otra razón por la cual vamos a sembrar. Se deben entregar semillas que duelen. Éxodo 4:31 “Entonces el pueblo de Israel quedó convencido de que el Señor había enviado a Moisés y a Aarón. Cuando supieron que el Señor se preocupaba por ellos y que había visto su sufrimiento, se inclinaron y adoraron.” Cuando Dios da una palabra solamente nos toca inclinarnos y adorarle.

Las semillas que rompen maldiciones, duelen primero. Ana entregó a Samuel; antes de entregarlo, ella pasó un tiempo hasta destetarlo y dárselo al sacerdote. La primera cosa que te digo en este punto es: desteta tu semilla. Suéltala para que veas como Dios se glorificará en toda tu descendencia. Vienen más semillas que se multiplicaran generacionalmente. Ana después de haber entregado a su primer hijo, prometió y cumplió;  cuando entregamos una semilla que duele,  sucede que nos mantenemos firmes porque sabemos el valor de la misma.

Sembrar una semilla que duele, produce que poseamos; poseamos todo lo que Dios ha designado para nosotros en el Reino. Produce que seamos de tal influencia, que  esas semillas harán que se vea Su Gloria a través de ti y de mí. Toda semilla que rompe maldiciones, tiene que morir. Es necesario que exista un desprendimiento genuino.

No vale de nada todo lo que podamos hacer, si no lo hacemos desde una vida ya “destetada,” entregada a Él. Debemos llegar a ese punto en el que concienticemos que somos la luz y la sal de este planeta, y no podremos manifestarlo hasta tanto no soltemos nuestra voluntad y tomemos la Suya.

 

El llanto no puede impedir la siembra; hemos de esmerarnos en obrar bien, incluso cuando la estamos pasando mal  es el mejor momento para sembrar.
El que lleva la semilla ciertamente va caminando y llorando, pero el que trae la cosecha, ciertamente viene con regocijo.
Esa semilla que cargamos en nuestras manos, ciertamente traerá regocijo para nosotros y para nuestras generaciones.
Ana después de haber entregado a su primer hijo, prometió y cumplió;  cuando entregamos una semilla que duele, sucede que nos mantenemos firmes porque sabemos el valor de la misma.

 

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